
El mismo Don Bosco escribió la historia de los Cooperadores, ubicando nuestro origen cuando él está iniciando su actividad con los niños abandonados de Turín. «Para los numerosos y variados quehaceres se adhirieron muchos señores que, con su prestación personal o con ayudas económicas, sostenían la llamada Obra de los Oratorios... En general se les llamaba Cooperadores».
Pronto se hacen presentes también las Cooperadoras, comenzando por Mamá Margarita. El Papa Pío IX había dicho a Don Bosco: «Las mujeres siempre han desempeñado una labor importante en los quehaceres de la Iglesia y en la conversión de los pueblos. Sin ellas, pierde usted la ayuda más importante».
Pero Don Bosco no nos quiere simplemente como bienhechores o como un grupo que apoye económicamente las obras de la Sociedad Salesiana; nos piensa como una asociación católica de personas que buscan su santificación personal haciendo el bien en la sociedad y en las familias.
Don Bosco intenta formar con Cooperadores y Salesianos una sola Sociedad de San Francisco de Sales. Ante la negativa de la Santa Sede, redacta un Reglamento para los Cooperadores, inspirado en las Constituciones Salesianas.
Oficialmente nacemos en 1876. Sin estar ligados por votos ni con vida en común, tenemos la misma misión de colaborar, cada uno según sus posibilidades, en la salvación de las almas, especialmente a través de la educación cristiana de la juventud. Somos laicos que trabajamos unidos en obras de caridad con espíritu salesiano. A este grupo pertenecemos obreros, profesionales, amas de casa, jóvenes, adultos, ancianos. Actualmente los Cooperadores en el mundo somos más de 30.000.
En algunos países, e incluso en algunas ciudades del Uruguay, hemos precedido a los salesianos. Son dignos de especial memoria figuras como las de Luis Pedro Lenguas, o Juan Zorrilla de San Martín, representantes del Uruguay, junto a Mons. Soler, en el Primer Congreso Americano de Cooperadores.
Cuando Don Bosco planteó la idea de la Asociación de Cooperadores a los primeros salesianos, como narran sus Memorias Biográficas, «algunos pusieron dificultades por no haber comprendido bien el fin de la asociación; les parecía que se trataba de una cofradía o una simple asociación devota; una más entre tantas como hay, decían, y por tanto de escasa o ninguna importancia. Don Bosco sonrió ante aquellas observaciones...»
Las nuevas reflexiones sobre la figura del laico en la Iglesia, mirada a la luz del impulso que recibió en el Concilio Vaticano II, muestran hasta qué punto fue profética esta inspiración de San Juan Bosco, y es un aliento para seguir profundizando en la identidad y en el aporte que estamos llamados a realizar a la Familia Salesiana.