
El 13 de diciembre de 1875 llegaba el primer salesiano al Uruguay. En efecto, en ese día, el padre Juan Cagliero llegaba a Montevideo, de paso a Buenos Aires, donde iba a establecerse la primera comunidad misionera salesiana. Según él mismo cuenta, quedó encantado con la belleza de la bahía montevideana, y luego, con el Uruguay y su gente. Quiso entrevistarse con el Vicario Apostólico del país, el Siervo de Dios Jacinto Vera, pero no pudo hacerlo, pues el obispo estaba, ¡cuándo no!, recorriendo la campaña, animando en la fe a los más humildes, administrando los sacramentos en un país donde los sacerdotes eran escasísimos.
El Padre Cagliero, ya desde ese momento, intuyó que el carisma salesiano daría muchos frutos también en el Uruguay. Escribía ese día a uno de los salesianos que lo acompañaba a Buenos Aires: "Dios quiera corresponda a los salesianos la felicidad de abrir un colegio en Montevideo...."
¿Acaso no era muy arriesgado, muy soñador, pensar en nuevas fundaciones misioneras cuando todavía no se había juzgado el resultado de la primera? Probablemente sí; pero si algo había asimilado este hijo predilecto de Don Bosco era la capacidad de soñar y de lanzarse a la misión, confiando en Dios y la Auxiliadora.
Y el padre Cagliero no esperó mucho para concretar este sueño: veinticinco días después de este episodio, comienza un fluido intercambio de correspondencia: Montevideo-Buenos Aires y Buenos Aires-Turín. Hasta que el 24 de Mayo de 1876, Juan Cagliero escribe una carta que seguramente sorprendió a Don Bosco:
"Le escribo desde la capital de la República Oriental del Uruguay para decirle que prepare personal para el nuevo colegio de Villa Colón"
Cagliero se disculpa por la decisión tomada tan rápidamente, pero las necesidades, dice, son argumentos que no dejan esperar. Y Don Bosco confía en él. Y confía también en el elegido para "capitanear" esta segunda expedición misionera; un joven sacerdote de tan sólo 26 años, inteligente, emprendedor, pero, sobre todo, con mucha fe: Luis Lasagna.
Así, partirán para Uruguay estos jóvenes y audaces misioneros. Escribirá más tarde don Lasagna:
«La mano amorosa de la Divina Providencia, que nos trajo sanos y salvos a través de las olas del océano, nos colocó finalmente en el campo de nuestras fatigas, de nuestras más bellas esperanzas... ¡Ah, sea mil veces bendito el día feliz de nuestra llegada, 26 de diciembre de 1876!»
Instalados en Villa Colón, los misioneros comienzan, en medio de dificultades enormes, la labor en el colegio Pío. 1877 es un año intensísimo: ataques de la prensa, problemas de salud de los salesianos, problemas edilicios. El 16 de diciembre de ese año llegan refuerzos: 5 salesianos y seis Hijas de María Auxiliadora.
De este grupo debemos destacar algunas hermanas que participaron de la primera expedición misionera de las Hijas de María Auxiliadora, y que pondrían los cimientos para la construcción de la Inspectoría Uruguaya: Angela Valese, Teresita Mazzarello, y Teresa Gedda, quien trascendió fronteras, pues tras un fructuoso servicio en el Uruguay, recibió el encargo de dirigir las obras en el convulsionado México de principios de siglo, para terminar sus días en Nicaragua, siempre sirviendo a los más pobres.
Madre Mazzarello le escribía poco antes al P. Juan Cagliero: "Le pongo los nombres de las que quieren ir pronto a América: yo ya quisiera estar ahí" y en otra carta: "Ahora escuche lo que le voy a decir: guárdeme, pero de veras ¿eh? un sitio en América".
Con el impulso de los fundadores los primeros salesianos fueron capaces de sembrar con entusiasmo el carisma salesiano en el Uruguay. La semilla cayó en tierra buena. Al poco tiempo de llegada ya fluían las primeras vocaciones salesianas uruguayas. Alegría, entusiasmo, espíritu de familia, sentido del sacrificio, coraje, confianza grande en Dios y en la Virgen Auxiliadora, estos rasgos fueron definiendo un perfil salesiano uruguayo para servir a la Iglesia y a los niños y jóvenes de nuestra patria.
Don Luis Lasagna, con sólo 26 años y una amplia visión de su servicio de autoridad, impulsaba a los hermanos y hermanas a una fidelidad creativa que hiciera "oriental" el carisma de Don Bosco y Madre Mazzarello. Pronto surgieron los cooperadores que prolongaban el servicio educativo salesiano, sobre todo en los Oratorios, y aportando, con generosidad y sacrificio, tiempo, trabajo y dinero para la fundación y el mantenimiento de las obras.
La presencia salesiana se fue ampliando: Montevideo, Las Piedras, Paysandú, Mercedes ... Colegios, parroquias, escuelas profesionales, oratorios ... la presencia se multiplicaba y se iba incluso ampliando fuera de fronteras: Brasil, Paraguay, la Patagonia, recibían gustosos a los misioneros que salían del Colegio Pío.
Ese sueño de esperanza, que había comenzado más allá del mar, crecía y se hacía realidad. Y era sólo el comienzo.