Miércoles, 22 Noviembre 2017

Fe cristiana

Fe y Evangelización

El acto de creer es siempre resultado de un compromiso de nuestra libertad. Cada uno sólo puede hablar de la fe a los otros desde el fondo de su propio acto de creer. Por tanto, para el cristiano, ofrecer el testimonio personal de su propia fe es decir: esto es lo que me hace feliz, lo que me hace vivir. El testimonio personal – tuyo, mío, de nosotros– es el de una experiencia que se dirige a otras experiencias: “Yo lo he vivido ¿Les dice algo a ustedes?”. ¿Puede la fe hacerse contagiosa, como lo era en los primeros siglos, en los que el «boca a boca» fue el gran factor de difusión del evangelio?

 CATEQUESIS PARA ADOLESCENTES Y JÓVENES SOBRE LA FE 

«sé de quién me he fiado» (2 Tim 1,12). Este esquema de catequesis puede ser compartida en grupos de adolescentes grandes o jóvenes.

 

LOS DISCÍPULOS DE JESÚS Y NUESTRA FE

 

EL TESTIMONIO DE FE EN ALGUNOS DISCÍPULOS DE JESÚS

 

MATERIAL PARA REFLEXIONAR SOBRE LA «NUEVA EVANGELIZACIÓN» A PARTIR DE ALGUNAS PALABRAS CLAVE.  CLICK AQUÍ.

 

LA ACTIVIDAD MISIONERA DE LA IGLESIA: COMENTARIO AL DOCUMENTO «AD GENTES» DEL CVII

 

CELEBRACIÓN PARA EL AÑO DE LA FE     

Nuestra vida, como nuestra fe, no se construye de la noche a la mañana, se va haciendo poco a poco. El camino de la fe y de la vida tiene diferentes etapas.

 

Una síntesis de nuestra fe

En la situación de "búsqueda" del sentido de la fe en que nos encontramos, hemos dado un gran paso: la fe es creer en Alguien, no en "algo". ¿Podemos conformarnos con tal respuesta? Ciertamente, no. Porque, ¿quién es ese "Alguien"? A esta pregunta también sabemos dar una respuesta global: es Dios. Tampoco es suficiente saber que el "Alguien" de la fe es Dios. Porque, ¿qué Dios?, ¿cuál es su imagen y su nombre?, ¿dónde se encuentra?; el "Dios" en quien creemos, ¿es el "Dios" auténtico?

Las páginas que siguen podrán ayudarte a acercarte un poco más a la imagen del Dios y Padre de Jesús, nuestro amigo, compañero y Señor.

Agradecemos al Cardenal Daniel Sturla, autor de estas páginas.

 

1. CONOCER A DIOS

 

 

2. UNA CORRIENTE DE VIDA

 

 

3. DIOS ES COMUNIÓN

 

 

4. A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS

 

 

5. EL ENCUENTRO ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES

 

 

6. LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

 

 

7. LA PASCUA DE CRISTO

 

 

8. LA IGLESIA DE JESUCRISTO

 

 

9. EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO

 

 

10. EL ENCUENTRO EN LA ORACIÓN

 

 

11. EL ENCUENTRO EN LOS SACRAMENTOS

 

 

12. LA VIDA DEL CRISTIANO

 

 

13. ENFRENTANDO EL MAL

 

 

14. GRATITUD DE HIJOS

 

 

15. DE LA MUERTE A LA VIDA

 

 

16. DE LA MUERTE A LA VIDA

 

 

 

 

La luz de la fe

La fe «es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo». La fe es un acto personal y comunitario: es un don de Dios, para vivirlo en la gran comunión de la Iglesia y comunicarlo al mundo. Todo cristiano es un testigo alegre de la fe, un apasionado amigo de Jesús que con su entusiasmo y optimismo regala a los demás el principal motivo de su gozo: el amor de Dios.

En el mundo de hoy es urgente recuperar el carácter de luz propio de la fe, volver a descubrir qpllfue solamente la luz que deriva del “creer” es capaz de iluminar toda la existencia del hombre. Llegar a este (re)descubrimiento del carácter luminoso de la fe es para llegar el encuentro con Cristo y con su amor.
La carta encíclica del Papa no tiene otro fin que aquel: alimentar nuestra fe y el amor a Cristo. Por eso queremos acercarnos a la encíclica y leerla con un corazón abierto y una mente despierta, de tal manera que el calor del amor y la luz de la fe entren en ellos y engrandezcan nuestra persona.
Presentamos, ahora, unas fichas de lectura de la encíclica, que son un aporte para conocerla un poco más, meditarla en grupo, rezar para pedir más fe y amor, dar a conocer nuestra alegría de creyentes.
Primero nos acercaremos a un vistazo global de la carta, y después nos detendremos en los distintos capítulos o puntos relevantes. Para cada encuentro será necesario que los participantes tengan la encíclica (o fragmentos de ella), lapicera, una Biblia y una vela. Donde sea posible también se podrá utilizar un proyector de imágenes.

Introducción: UNA LUZ POR DESCUBRIR

Capítulo 1: HEMOS CREÍDO EN EL AMOR

Capítulo 2: SI NO CREEN, NO COMPRENDERÁN

Capítulo 3: TRANSMITO LO QUE HE RECIBIDO


La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta  expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta conestas palabras: « Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas » (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: « Pues el Dios que dijo: “Brille la luz del seno de las tinieblas”, ha brillado en nuestros corazones » (2 Co 4,6). (link a la Encíclica completa)

Sin embargo, al hablar de la fe como luz, podemos oír la objeción de muchos contemporáneos nuestros. En la época moderna se ha pensado que esa luz podía bastar para las sociedades antiguas, pero que ya no sirve para los tiempos nuevos, para el hombre adulto, ufano de su razón, ávido de explorar el futuro de una nueva forma. En este sentido, la fe se veía como una luz ilusoria, que impedía al hombre seguir la audacia del saber.

De esta manera, la fe ha acabado por ser asociada a la oscuridad. Se ha pensado poderla conservar, encontrando para ella un ámbito que le permita convivir con la luz de la razón. El espacio de la fe se crearía allí donde la luz de la razón no pudiera llegar, allí donde el hombre ya no pudiera tener certezas. La fe se ha visto así como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino. Poco a poco, sin embargo, se ha visto que la luz de la razón autónoma no logra iluminar suficientemente el futuro; al final, éste queda en la oscuridad, y deja al hombre con el miedo a lo desconocido. De este modo, el hombre ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, y se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino. Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija.

Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas.

(extractos de la Encíclica Lumen Fidei)

 

Evangelización

¿Qué es evangelizar?

 En nombre de la palabra evangelizar se pueden justificar muchas actitudes y acciones que no siempre se corresponden con rigor con su sentido esencial. Muchas cosas contribuyen al apostolado pero si no tenemos claro cuál es la finalidad de la evangelización podemos perder de vista lo que nos está pidiendo Dios realmente, lo que Jesús quiso decir cuando nos envió al mundo como sus apóstoles.

Para tener un concepto claro vamos a partir del ofrecido por Monseñor Sebastián, ex Arzobispo de Navarra y Obispo de Tudela, en su libro “Evangelizar”: “Anunciar el Evangelio de Jesús; es decir, anunciar a la gente de manera comprensible y creíble lo que Jesucristo nos comunicó acerca de Dios, de su relación de amor con nosotros, de lo que todo ello tiene que ver con la verdad de nuestra existencia humana, nuestra salvación eterna y la forma correcta y justa de vivir en este mundo. No es fácil supuerar el riesgo de identificar la evangelización con expresiones o aspectos parciales de la misma. Evangelizar es anunciar fielmente el Evangelio recibido, comunicar a los demás lo que Cristo nos dejó dicho acerca del Reino de Dios, ofrecer a las nuevas generaciones lo mismo que nosotros hemos recibido. Hoy existe el peligro real de confundir el Evangelio de Jesucristo con un programa de vida temporal justa y felíz“.

Y la reciente nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización dice con much precisión: “El término evangelización tiene un significado muy rico. En sentido amplio, resume toda la misión de la Iglesia: toda su vida, en efecto, consiste en realizar la traditio evangelii, el anuncio y transmisión del Evangelio, que es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1, 16) y que en última instancia se identifica con el mismo Cristo (1 Co 2, 24). Por eso, la evangelización así entendida tiene como destinataria toda la humanidad. En cualquier caso evangelización no significa solamente enseñar una doctrina sino anunciar a Jesucristo con palabras y acciones, o sea, hacerse instrumento de su presencia y actuación en el mundo“.

En un sentido muy simple, sería toda acción encaminada a llevar al otro al encuentro con el Señor.

La cuestión es que muchas veces la evangelización se reduce a la transmisión de una mera ética; de unos valores o de unas virtudes. Incluso, a menudo se observa cómo se dice que determinados valores o virtudes lo santifican a uno. Sin perjuicio de que éstos crean unas mejores condiciones para ser tierra fértil en la que siembre la semilla del espíritu, corremos el riesgo de quedarnos en el plano de lo ético sin dar un paso más y enseñar que el fundamento de ello es Dios mismo a través de Jesucristo y del Espíritu Santo. Es decir, a menudo se transmite la fe como un sistema más que como una Gracia; como un encuentro personal. Entendemos que lo uno puede ser camino de lo otro pero, ya decimos, se corre el riesgo de que el católico se quede en esa zona de confort sin pasar al plano del Misterio. Y ese Misterio que desborda es nada más y nada menos que plantearle al otro la mera posibilidad de relacionarse con un Dios, con Dios mismo.

También se rebaja la evangelización de los católicos cuando se incurre en el proselitismo. Una palabra que en origen no representa ningún problema para la evangelización pues a los evangelizados se les llamaba prosélitos pero que, hoy día merece una aclaración. Proselitismo, en su significado llano y popular, implica que bajo capa de bien, bajo la idea de llevar a otros a Dios, convertimos el medio en fin, de manera que el ámbito de Iglesia que lo promueve no es ya un simple medio más de la Iglesia sino que es el “único” el “mejor” medio; ya no se busca tanto llevar al otro al encuentro de Dios o a ser encontrado por Él, cuanto que el otro pertenezca sin más a un grupo de Iglesia. Para ello se entran en muchas racionalidades y justificaciones como que la pertenencia a dicho grupo garantiza la mejor formación; que como en dicho ámbito se siente a Dios como en ningún sitio…etc. Y cosas así. Perdemos la libertad para evangelizar si nuestro objetivo real es crear pertenencia en lugar de buscar lo mejor para el evangelizado. Es un comportamiento propio de sectas. Y normalmente denota poca madurez y poca comunión eclesial. En un momento donde se pierden fieles con cierta facilidad ésto puede ser una gran tentación.

Por todo esto, evangelizar nunca es hacer proselitismo porque no se le exige al evangelizado la pertenencia a la Iglesia como fin en sí mismo sino que se le propone su ingreso como medio privilegiado para llegar a una unión lo más plena con Dios. La Iglesia vive para ofrecer el mensaje de la Buena Nueva y ofrecer cauces para vivirlo en todas sus posibilidades, y gracias a ello puede crecer, pero no vive para ser ella más grande en número simplemente.

 

 REPENSAR LA EVANGELIZACIÓN

Con estos materiales queremos contribuir a la reflexión sobre nuestra tarea evangelizadora y, especialmente, a la búsqueda de lo esencial de este proceso, para que el Evangelio llegue y arraigue en cada uno de nuestros jóvenes destinatarios.

La primera ola de la evangelización

La reevangelización de Europa

La primera evangelización de América

Recomenzar desde el principio

 

Un excelente video para trabajar sobre la vivencia de la propia fe: “Evidence”. Trata sobre Jenny, una joven católica como muchas, que en un futuro no demasiado improbable, se encuentra repentinamente en un juicio donde ha sido acusada de ser católica (se sobreentiende que en este tiempo practicar el catolicismo es considerado un crimen). Titubeante y sin entender del todo la situación, la joven trata de confirmar la acusación y aceptar su fe; sin embargo, su hábil abogado descartará todos los cargos aduciendo, con pruebas contundentes, que Jenny sólo era católica en apariencia, que aunque sus actividades eran católicas, su corazón nunca perteneció a Cristo ni a la Iglesia. El corto termina con la triste absolución de Jenny. “Evidence” es un excelente video que nos invita a reflexionar sobre la coherencia en nuestra vida cristiana y a evaluar la profundidad de la adhesión a nuestra fe.

 

 

Salesianos en Uruguay

Salesianos en Uruguay

Cuaderno PJS.Uy

La fe cristiana

La fe cristiana