Miércoles, 28 Junio 2017

"Laudato si!" El cuidado de nuestra casa

En la carta encíclica "Laudato sì" (mayo de 2016) el Papa Francisco hace una hermosa reflexión sobre el cuidado de la casa común, pero va mucho más allá y da propuestas concretas y específicas para que todos podamos ser más fieles y comprometidos en esta tarea.

 

"Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración."
Papa Francisco
Laudato si, n.202

 

Guía de lectura de la Laudato si (para trabajar en grupos)

Capítulo 1: ¿Qué le está sucediendo a nuestra Casa común?

Capítulo 2: El Evangelio de la Creación

Capítulo 3: La raíz humana de la crisis ecológica

 

 

Recomendaciones para el cuidado de la Casa común

 Los números entre paréntesis corresponden a la Laudato si.

 

 

 

 

 

La enseñanza ecológica salesiana

En este contexto de crecer en espiritualidad ecológica, ¿qué tiene para decirnos la espiritualidad salesiana? En 2007 el entonces Rector Mayor, Pascual Chávez, escribió su tradicionale mensaje llamado "aguinaldo" sobre el tema del cuidado de la vida, en particular la humana.

Dice al respecto:

Para nosotros, miembros de la Familia Salesiana, el amor y el compromiso por la vida encuentra en Don Bosco un modelo y un maestro.

Desde niño Don Bosco demuestra una gran vitalidad; aprende de su madre, Mamá Margarita, a descubrir la belleza de la naturaleza y de la vida; sabe gozar del esplendor del paisaje, de las colinas y de los campos en flor que rodean `I Becchi”, contempla admirado las noches estrelladas, se aficiona a un pajarito y le cuida con ternura. En todas estas cosas su madre le enseña a descubrir la obra de Dios creador que se preocupa de sus hijos, su sabiduría y su infinito poder y, sobre todo, su amor. De este modo Juan se abre a una visión positiva y providencial de la vida, sabe gozar de los momentos sencillos de la vida campesina y afrontar, sin desanimarse, las dificultades que encuentra desde joven en su misma casa.

Podemos decir que Don Bosco vive con sus jóvenes en Valdocco una verdadera pedagogía de la vida, de la alegría y de la fiesta; es más, los invita a comprometerse ellos mismos a promover entre los compañeros este ambiente.

 

Y sobre la Creación en su sentido más global encontramos los siguientes fragmentos del mismo documento, que se han hecho parte de la visión y espiritulidad ecológica salesiana.

Dar gracias por la vida y celebrarla

Frutos del anuncio del evangelio de la vida son la alegría, la admiración, la alabanza, la gratitud a Dios, amante de la vida, por su don. El anuncio suscita una actitud profunda de celebración del evangelio de la vida. Toda vida, en cuanto don de Dios, tiene no sólo una dimensión de compromiso y de trabajo que desarrollar, sino también de culto. Ya de por sí es manifestación de alabanza, porque toda vida humana es un prodigio de amor. Acogerla constituye ya alabanza y acción de gracias.

Celebrar la vida sugiere e impulsa a cultivar una mirada contemplativa: ante la naturaleza, el mundo, la creación, la vida, para los que muchas veces tenemos actitudes utilitaristas o consumistas; ante las personas, con las que con frecuencia mantenemos relaciones superficiales o funcionales; ante la sociedad y la historia, que tantas veces consideramos sólo según nuestros intereses... Es preciso superar nuestros comportamientos egoístas para lograr una actitud contemplativa, que comporta una mirada en profundidad para captar y admirar la belleza y la grandeza del mundo, de las personas, de la historia. Hay que aprender a acoger, respetar y amar las cosas, las personas, la vida en todas sus formas. Es preciso saber gozar del silencio, aprender la escucha paciente, la admiración y la sorpresa frente a lo imprevisto y a lo inimaginable. Hay que saber hacer espacio al otro, para poder establecer con él una nueva relación de intimidad y de confianza.

Desde esta perspectiva contemplativa surge la alabanza y la oración. Celebrar la vida es admirar, amar y rezar al Dios de la vida, que nos ha entretejido en el seno materno. Significa bendecirle y agradecérselo: `Te doy gracias porque me has hecho portentosamente; porque son admirables tus obras” (Sal 139,14). La vida del hombre constituye uno de los prodigios más grandes de la creación.

Preocuparse de la creación con amor

El Dios biófilo (philópsychos es el término usado por Sap 11,26) no ama sólo la vida humana, ama toda vida, porque toda la creación es obra de su amor. Junto al valor y la dignidad de la vida humana, la Sagrada Escritura expresa también, desde las primeras páginas, el reconocimiento explícito de la bondad de la naturaleza: `Dios vio todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31). Animales, plantas, firmamento, sol, océanos... todo es bueno, todo tiene valor en sí mismo.

Pero este reconocimiento es real sólo cuando el hombre reconoce la dignidad de la tierra, respeta la naturaleza, acoge y acepta la riqueza inserta en las criaturas. Y sólo este reconocimiento real conduce a la afirmación de  su valor y de  sus derechos y, por consecuencia, a superar el abuso y el saqueo, e invita a un desarrollo respetuoso del ambiente y a una convivencia armoniosa con la naturaleza.

La civilización industrial ha favorecido la producción y la eficiencia, pero con frecuencia ha deshumanizado al hombre, convirtiéndolo en mero productor/consumidor. La cultura de la vida nos lleva a una verdadera actitud ecológica: el amor hacia los seres humanos, los animales y las plantas, el amor a toda la creación, el compromiso de defender todas las señales de vida contra los mecanismos de destrucción y de muerte. Ante las amenazas de explotación desordenada, de opresión de la naturaleza, de desarrollo insostenible, es oportuno recordar las palabras del Gran Capo Seattle: el que hiere la Tierra, hiere a los hijos y las hijas de la Tierra.

La ecología constituye un auténtico signo de la solidaridad humana, que implica obviamente la conservación y el uso de los recursos de la Tierra – afirma la Santa Sede en un documento redactado en preparación a la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible de 2002. Semejante desarrollo debe basarse en `valores éticos, sin los cuales ningún progreso será sostenible”. Por esto, `el concepto de desarrollo sostenible sólo se puede comprender en la perspectiva de un desarrollo humano e integral”. En este sentido pide que se adopte el término de `ecología humana” que `implica asegurar y salvaguardar las condiciones morales en la interacción de los seres humanos con el ambiente”. El cuidado de la familia, la promoción y la protección del trabajo, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la educación y de los servicios sanitarios, la solidaridad entre naciones al servicio de un desarrollo humano integral... son algunos de los elementos que la Santa Sede presenta para una ecología digna de la persona humana.

El cuidado y el amor de la creación, el compromiso/preocupación por la ecología, han de ser promovidos en el cuadro de la vida de cada día, educándonos y educando a los jóvenes a respetar la naturaleza y a cuidarla, a usar de sus bienes (el agua, las plantas, los animales, las cosas...) con moderación y teniendo siempre ante la vista el bien de todos, a suscitar un compromiso positivo de defensa y de desarrollo sostenible de la tierra y de los recursos naturales...  Formar y desarrollar una mentalidad y una actitud ecológica es hoy un elemento importante de una educación integral.

 

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